domingo, 10 de julio de 2016

ADN: el secreto de la vida

El acrónimo ADN (Ácido desoxiribonucleico; DNA en inglés) ha traspasado el dominio de los términos técnicos y especializados para convertirse en un icono cultural, algo que a todo el mundo le suena y que hasta se puede usar metafóricamente en frases hechas ("lo lleva en su ADN"). La popularización de un término científico es, por supuesto, algo muy positivo, pero también conlleva un mayor peligro de que se haga mal uso de éste, al no conocerse de él apenas algo más que el propio acrónimo. Ese es uno de los motivos por los cuales es tan necesario divulgar y extender un conocimiento básico sobre qué es el ADN por toda la población. Otro motivo es, claro está, el hecho de que el ADN sea una entidad tan fundamental y relevante, tanto a un nivel biológico como a un nivel tecnológico. Las "grandes preguntas" (¿quiénes somos? ¿de dónde venimos?) pasan por el ADN y por un cierto grado de entendimiento sobre qué es esta molécula y qué papel (¡esencial!) ha jugado en nuestra evolución y en nuestra naturaleza. Además, el ADN posee una gran importancia más allá del dominio de la curiosidad intelectual que nos lleva a querer entender el mundo a nuestro alrededor: las modernas tecnologías médicas y forenses basadas en el ADN hacen que la biología molecular tenga más que nunca un impacto de peso sobre nuestras vidas de una manera muy concreta y palpable. Así pues, en este artículo nos planteamos dar una visión básica sobre qué es el ADN, cómo se descubrió y porqué es tan importante.

Siempre debe de haber sido obvio para los humanos que los hijos tienden a tener algunas similitudes físicas (y de carácter, a veces y en algunos aspectos) con sus madres y padres. Este hecho se normalizó tanto que dejó de resultar misterioso -como con todas las cosas que no comprendemos y que incorporamos automáticamente al conjunto de fenómenos que nos parecen intuitivos-, y, sin caer en el sesgo de confirmación, encontramos continuamente parecidos entre miembros de una misma familia, confirmando continuamente en la experiencia que existe la herencia biológica. Quizá fue Charles Darwin, gigante científico que fue unos de los descubridores y desarrolladores de la Teoría de la Evolución, uno de los primeros en plantear el hecho de la herencia biológica como un misterio que había que atacar científicamente. Habiendo planteado el mecanismo de evolución por selección natural, según el cual tienen más oportunidades de sobrevivir aquellos individuos con características adaptadas más idóneamente al medio, razonó que tenía que existir algún proceso físico por el cual un padre y una padre trasmitían sus características a su descendencia. Más aún, argumentó Darwin, tenía que existir cierto componente de aleatoriedad y volatilidad en ese mecanismo de transferencia, pues de otro modo no se explicaría la aparición de la variabilidad, elemento esencial en la evolución de las especies. Pero, ¿cómo eran exactamente esos elementos materiales que permitían la transmisión de características de madres y padres a hijos? Otro científico quizá tan popular como Darwin gracias a los años de instituto fue el monje Mendel, que en la decada de los sesenta del siglo XIX enunció unas leyes acerca de cómo se producía la herencia. Las leyes de Mendel fueron luego integradas en un marco teórico más amplio por Morgan e incluso matematizadas por el gran estadístico Ronald Fisher, uno de los creadores de la genética de poblaciones. Estas leyes, sin embargo, no acercaron a los científicos en absoluto a averigüar la base material de la herencia. Uno de los primeros pasos en este sentido lo dió el suizo Fiedrich Miescher en 1869 al aislar lo que él llamó nucleína, el componente químico del núcleo de la célula. Miescher murió al final del siglo, así que probablemente no llegó a preveer la trascendencia de su descubrimiento, aunque si que llegó a afirmar que la nucleína podía tener algo que ver con la herencia. Fué el premio Nobel alemán Albrecht Kossel quien, apoyándose entre muchos otros en el trabajo de Miescher, logró en la década de los setenta distinguir en la nucleína un componente proteíco y uno no proteíco que poseía un intrigante carácter ácido. A este segundo componente se le llamó ácido nucleico, y su descubrimiento sentó las bases de la resolución del misterio de la herencia. Kossel, además, aisló por primera vez las llamadas bases nitrogenadas, de las que hablaremos más adelante. Debido a la escasez del tipo de bases nitrogenadas (sólo hay cuatro tipos, cinco si contamos el uracilo que sustituye a la timina en el ARN), se pensó durante mucho tiempo que los ácidos nucleicos no podrían ser la base de la herencia, y que eran las proteínas (que presentan, en principio, una variabilidad mucho mayor) las macromoléculas capaces de almacenar y trasmitir la información de la herencia. Erwin Schrödinger llegó a expresar esta convicción en su famoso libro Qué es la vida, que animó a muchos físicos teóricos (como al mismo Francis Crick) a pasarse al campo de la biología molecular al tratar de hacer una descripción de la vida desde el punto de vista de la física y la termodinámica. Fue por tanto un descubrimiento muy sonado cuando, en 1943, mismo año de la publicación del librito de Schrödinger, un famoso experimento de Avery, MacLeod y McCarty demostró que el ADN era el material genético responsable de las transformaciones en bacterias. Este hecho fue definitivamente corroborado por Hershey y Chase nueve años más tarde.

                     Avery en su laboratorio



El descubrimiento del ADN y el desentrañamiento de sus propiedades y características es una proeza técnica en tanto que supone manipular objetos diminutos con gran precisión. Las células, los constituyentes vivos más pequeños que existen y cuyas agrupaciones en conjuntos especializados dan lugar a la vida macroscópica como la conocemos, son ya de por sí entidades diminutas cuya realidad no se intuyó hasta la invención del miscroscopio y cuya importancia no se entendió bien hasta bien entrado el siglo XIX. El ADN va varios pasos más allá en escalas de pequeñez. Hay que manipular los componentes del núcleo de la célula para poder aislar y estudiar la molécula de ácido desoxiribonucleico, como se esquematiza en la siguiente imagen:

                           De la célula al ADN
                       


 El punto álgido en la historia del descubrimiento de las bases químicas del ADN vino al comienzo de la década de los cincuenta, cuando se logró desentreñar la estructura exacta de la molécula. En una carrera agobiante por el descubrimiento, llena de tropiezos, bajezas y proezas, unos científicos de Cambdrige se adelantaron al equipo de Linus Pauling que trataba de resolver el mismo problema. ¡Si Pauling hubiese "ganado", es de suponer que se habría convertido en el único ser humano en haber recibido tres premios Nobel! James Watson, Francis Crick, Rosalind Franklin y Maurice Wilkins publicaron (por separado) distintos artículos que son hoy la base del entendimiento de la estructura del ADN. Hay, por supuesto, muchísimos científicos que realizaron aportaciones esenciales, pero resulta imposible mencionarlos a todos con justicia, lo cual debería ser el propósito de un texto histórico más profundo y específico. Franklin llevó a cabo unos experimentos de cristalografía de rayos X en una época en que la cristalografía con biomoléculas era un campo desconocido (otra cristalógrafa, Dorothy Crowfoot Hodgink, ganaría el Nobel en 1969 por sus trabajos fundamentales en este campo), y obtuvo unas imágenes novedosas que fueron la base para que Watson y Crick pudieran acabar realizando su modelo de la doble hélice.

                                Fotografía del ADN obtenida por Franklin en el laboratorio

 En 1962, Watson, Crick y Wilkins recibieron el premio Nobel por su trabajo. Desgraciadamente, Franklin había muerto poco antes de un cáncer de ovarios y nunca llegó a conocer la trascendencia de su trabajo. Hay toda una polémica en torno a la falta de reconocimiento que sus tres compañeros le brindaron, aunque lo cierto es que a día de hoy la deuda se puede considerar justamente saldada, pues Franklin ha obtenido tanta fama póstuma como la famosa pareja Watson y Crick.


                                  Watson y Crick, frente a su modelo de doble hélice

 
Está claro que, sin el trabajo fundacional de Franklin, el éxito de Watson y Crick habría sido imposible, y afortunadamente se ha reconocido ya de sobra el mérito de una científica sobresaliente que tuvo que lidiar con prejuicios y estereotipos indeseables manteniendo la pasión y el placer por descubrir.

         
                              Rosalin Franklin, en fotografías tomadas a principio de los cincuenta

                      
Al igual que el acrónimo ADN, el término “doble hélice” ha pasado a la historia no sólo en la literatura especializada sino entre el gran público. Una representación esquemática y poco detallada de la geometría de la molécula del ADN será reconocida inmediatamente por casi cualquier persona como precisamente eso, la doble hélice del ADN, o al menos como algo científico que tiene que ver con la biología y la herencia.

                          La famosa doble hélice, en representación esquemática


Las hebras helicoidales están compuestas por unidades alternadas de ácido fosfórico y de un tipo de azúcar llamado desoxirribosa (el azúcar ribosa sin un átomo de oxígeno) unidas covalentemente.

                           El ácido fosfórico, arriba a la izquierda, y la molécula de ribosa, unidos              covalentemente a través de un enlace oxígeno-carbono


Estas moléculas son la base estructural del esqueleto de la molécula: son como vigas metálicas sosteniendo una estructura. Para hacerse una idea de las dimensiones de las que estamos hablando, diremos que una de estas hebras da un giro de 360º cada tres y media milmillonésimas de metro, y que en cada célula de nuestro cuerpo podemos encontrar metros de ADN.
Este esqueleto en forma de doble hélice, aun siendo ese agente esencial, crucial, que da estructura y soporte al ADN, es en cierto sentido sólo un actor secundario en el misterio de la herencia: el código para la vida está escrito en las secuencias de las llamadas bases nitrogenadas, moléculas que se encuentran unidas a ambas hebras también mediante enlaces fuertes covalentes. Las bases nitrogenadas apuntan más o menos perpendicularmente desde la hebra a la que están unidas y hacia la complementaria. En cada vuelta completa de la doble hélice, podemos encontrar diez pares de estas bases.


                            La estructura química detallada de las cuatro bases nitrogenadas. Se encuentran unidas a las moléculas de desoxiribosa en el ADN.
                    

En el ADN, encontramos exactamente cuatro tipos de estas bases nitrogenadas: la adenina y la guanina (purinas) y la timina y la citosina (pirimidinas). Por brevedad, nos referiremos en todo momento a las bases por sus iniciales en mayúscula: A, G, T y C. Por una cuestión de afinidad química, siempre que en una posición de una de las hélices aparece una A, en la hélice de enfrente aparece una T, y siempre que aparece una G enfrente ha de aparecer una C. Ésta es la complementariedad de las bases nitrogenadas y una ley básica que siguen las dobles hélices del ADN. Así, si en una vuelta de una hebra encontramos la secuencia de bases ATGCCAGCTC en la hebra complementaria encontraremos TACGGTCGAG. A veces encontraremos la secuencia complementaria en el orden GAGCTGGCAT, debido al hecho de que las dos hebras de ADN no son paralelas, sino antiparalelas, lo que quiere decir que desde una de las hélices la otra se vería discurriendo “hacia abajo”

                              Representación esquemática del ADN
                       Representación esquemática del discurrir antiparalelo de las dos hebras helicoidales



Esta complementariedad quiere decir que, a efectos de almacenar información, en el ADN hay material redundante. No obstante, este tipo de estructura es absolutamente fundamental para la estabilidad, la seguridad y el proceso de transmisión de la información hereditaria.
¿Cómo puede una secuencia de cuatro elementos almacenar la información hereditaria  necesaria para que un hijo tenga los ojos de su madre o la nariz de su padre? ¿De qué manera una sucesión de tan diminutas moléculas puede contener las instrucciones para nuestro desarrollo? La respuesta es que esta información está cifrada, de manera similar a como uno puede con secuencias de un par de cifras codificar un mensaje en castellano. Imaginemos que yo decido representar cada letra del alfabeto por una secuencia de unos y ceros (la “a” con el 1, la “b” con el 10,…, la “h” con el 1000… ¡hay un patrón bastante claro que seguir, aunque cada uno puede inventarse el que quiera!). En ese caso, cualquier frase podría pasarse a una sucesión de unos y ceros. Podríamos convenir en representar todas las letras con secuencias de longitud seis, poniendo ceros a la izquierda cuando hiciese falta, de modo que no habría ambigüedad sobre la longitud de las secuencias al yuxtaponer distintas letras. Quizá convendríamos, también, en escoger una secuencia específica (digamos, 111110) para designar una coma, y otra (111111) para indicar un punto. Con el ADN pasa algo parecido: A, G, T y C serían las cifras. ¿Cuáles son las letras, las palabras y la longitud de las secuencias? Las letras son otro tipo de moléculas esenciales, los aminoácidos, que son los constituyentes “atómicos” de las proteínas (nuestras “palabras” o “frases”), esas macromoléculas ubicuas que son los agentes y herramientas protagonistas de todos los fenómenos importantes para la vida. Resumiendo y sin entrar en complicaciones (nos permitimos mentir ligeramente, a fin de no sobrecargar la explicación), una proteína es una secuencia de aminoácidos (recordemos, las “letras”) que se pliega y se dobla de maneras complejísimas, adoptando una estructura geométrica altamente específica que le permite llevar a cabo una función muy concreta. Hay decenas de miles de tipos de proteínas y cada una, en efecto, lleva a cabo una función muy especializada. Sin las proteínas, literalmente no existirían estructuras biológicas ni se llevaría a cabo ninguno proceso relacionado con la vida y su funcionamiento a ningún nivel. Las proteínas, pues, son las máquinas que hacen posible la vida, y el mecanismo de la herencia, dicho de una manera breve, consiste en un método eficaz y seguro de trasmitir a la descendencia la información necesaria para sintetizar esas mismas proteínas que permitieron la supervivencia y el éxito reproductivo de los progenitores. Ese método eficaz y seguro es (¡sorpresa!) la doble hélice del ADN con sus secuencias complementarias de bases nitrogenadas.



Hay exactamente veinte tipos de aminoácidos que juegan un papel en la vida en la tierra, y son las secuencias de miles de éstos (unidos linealmente por enlaces fuertes de tipo covalente –los llamados enlaces peptídicos-) y la manera en que éstas se pliegan obedeciendo las leyes de la física y la química lo que forma las proteínas. Una secuencia de tan sólo mil letras con un alfabeto de veinte caracteres da ya un total de veinte elevado a mil posibles proteínas, lo que ya es un número colosal e inmanejable. El número de posibilidades reales es, claro está, aún muchísimo mayor, e intentar imaginarlo puede dar una idea de la tremenda complejidad del funcionamiento de la vida a este nivel molecular tan básico.



Ya hemos dicho que, si los aminoácidos son las “letras”, las bases nitrogenadas son las “cifras” con que las codificamos. Pero, ¿de qué longitud han de ser las secuencias determinando una sóla letra? Desde luego no puede ser longitud 1, pues 4 es menos que 20 (que, recordemos, es el número de aminoácidos que se encuentran en los organismos vivos). Y, como 4 elevado a 2 es 16, aún menor que 20, la respuesta tampoco puede ser longitud 2. 4 elevado a 3 es 64, un número ya suficientemente alto. Y, efectivamente, la respuesta de la naturaleza es 3: una secuencia de tres bases nitrogenadas codifica para para un aminoácido concreto. Por supuesto, siendo 64 más de tres veces 20, hay varios tripletes (una secuencia de tres bases nitrogenadas) correspondiendo a un solo aminoácido, e incluso hay secuencias que quieren decir “fin de secuencia”. Ahora bien, ¿cuál es la traducción completa de aminoácidos a secuencias de bases? ¿Sabemos el código de cifrado usado por la naturaleza? Pues resulta que sí, esto se sabe y se pueden resumir de forma bastante conveniente en una tabla:



Esto es lo que se conoce como código genético: es un diccionario atómico que nos explicita qué secuencias de bases están asociadas a qué aminoácidos. Al ver una tabla como la de arriba, uno quizá se pregunte exactamente a qué organismo corresponde ese diccionario. ¿Es ése el código genético de los humanos? La respuesta es, a impresión del que escribe estas líneas, una de las más asombrosas y petrificantes que la ciencia ha dado jamás: Ese diccionario es, salvo excepciones puntuales, el mismo para todo organismo viviente sobre el planeta tierra. En otras palabras: el código genético es universal. No importa si eres un roble, un salmón, o un ser humano; el triplete ATG codifica una metionina (un tipo de aminoácido). Y esto, en efecto, es un recuerdo fascinante de que robles, salmones y seres humanos tenemos un origen común. Uno de los protagonistas en el desciframiento de este código de la naturaleza, de este secreto de la vida, es el Nobel de Medicina español Severo Ochoa, aunque por supuesto hay muchos otros, como Crick, Brenner, Khorana, Holley, Nirenberg y Leder (el premio Nobel de 1968 fue para Khorana, Holley y Nirenberg). 



Llegados a este punto, es ya obvio, aún sin haber profundizado en cuestiones técnicas, el papel central que el ADN ha jugado y aún juega en el fenómeno de la vida. La famosa doble hélice y sus bases nitrogenadas representan uno de los “secretos de la vida”, como exclamara Francis Crick emocionado al entrar en el Pub The Eagle en Cambdrige.  Pero la importancia del ADN no se queda ahí. Aún para alguien sin inquietudes por entender la naturaleza y las intimidades de la vida, el ADN y nuestra moderna capacidad para manipularlo pueden ser crucial a la hora de condenarle por asesinato o salvarle la vida. 



martes, 15 de marzo de 2016

Capitalismo y meritocracia

Nuestro sistema económico encuentra una cierta asociación social, intelectual y moral con la meritocracia. No es especialmente difícil encontrarnos con individuos, y en muchos casos con pensamientos propios, que justifican situaciones paupérrimas o de insultante riqueza basándonos en que el individuo que lo padece merece esa situación.
El término fue acuñado por el sociólogo inglés Michael Young en 1958 con un sentido algo peyorativo, en parte para justificar sus teorías de un futuro distópico. Pero el origen de lograr una posición “por méritos” es, obviamente, mucho más antiguo. Podemos decir que se “instala” en la sociedad a partir de la ruptura con el antiguo régimen y en ciertos campos como el funcionariado (que realiza oposiciones para lograr su plaza). El acceso a estos puestos va en función del esfuerzo individual y no en función de la clase social a la que se pertenece, consiguiendo así un mecanismo mucho más justo que el preexistente.
Sin embargo, hay que tener especial cuidado en no generalizar este aspecto a todas las carreras laborales y profesionales. Ciertas corrientes del liberalismo más radical, encuentran en la meritocracia una justificación moral para un sistema en el que no se le debe de prestar ningún tipo de asistencia al desfavorecido. Pues una vez reducido este a un individuo, y obviando todo el entorno en el que este ha desarrollado su vida, la culpa de su fracaso recae solamente en él. Con esto se logra esquivar el estado hasta sus últimas consecuencias, objetivo principal de estos. Por su puesto, esta justificación se extiende y se aplica para nuestro sistema real, que más que liberal se podría calificar de “capitalismo de amiguetes”, donde sí que existe un estado, pero que principalmente se apoya en ciertos individuos de éxito en campos muy concretos, casi estrictamente a nivel empresarial.
Me interesa más despegarnos un poco de los argumentos reales en contra de una ficticia meritocracia (donde el tráfico de influencias, la existencia de las herencias y las muy evidentes mayores facilidades que tiene las clases acomodadas en “aspirar a más”) e irnos a un plano más teórico. Tenemos que tener muy presente cual debe ser el objetivo último de nuestra línea de acción e ideológica, aunque eso nos lleve a contradicciones y cambios durante el camino. La política y la economía, no son una ciencia, y encontrar verdades absolutas es querer agarrarnos a un clavo ardiendo que ni siquiera está clavado. Creer, que en aras de una más que discutible “justicia social”, debemos realizar una brusca separación entre los individuos que están capacitados para ciertos campos y para los que no, o que los individuos no capacitados para ciertas aptitudes merecen ser apartados de la sociedad es un gravísimo error.

No hace falta ser adivino para darse cuenta de que vamos a una sociedad más tecnológica y mecanizada, en el que van a hacer mucha más falta individuos que demuestren altas competencias en el campo de la lógica y de la tecnología; y mucho menos individuos de capacidades manuales y físicas. Una correcta transición se debería planear desde el momento actual, con un sistema educativo eficiente que intente extraer las mejores capacidades del individuo y las desarrolle para que pueda aportar un bien a la sociedad y una carrera satisfactoria para el individuo. La otra opción (y con ciertos individuos se convertiría en algo inevitable, independientemente del sistema) es lograr un mayor reparto de riquezas en base a la mayor producción que generará una mayor mecanización; en otras palabras, un sistema de subvenciones, en el que se quebraría esa supuesta y deseada “meritocracia”. Lo ideal, de todas formas, sería inculcar en la sociedad ciertos valores relacionados con la búsqueda del saber y de la verdad, trabajar por el bien común y el beneficio general, pero ya nos metemos en un tema más utópico. Aunque, como he dicho antes, no hay que olvidar que el fin del camino ha de ser la felicidad del ser humano como individuo y el desarrollo del ser humano como especie, no al revés.
[Me da mucha pena tratar un tema con tantas variantes y tantos matices de forma tan escueta, dejándome muchas cosas en el tintero y conceptos muy mal explicados. Seguiré indagando sobre esto]


Un solo día al año, hace daño. El feminismo aún escuece.

Es ridículo que tenga que haber un día dedicado a las mujeres, a un colectivo que no se elige y que no representa a una minoría. Son el 51% de la población, pero para muchas cosas siguen siendo un 0%. Estamos en una época decisiva en este aspecto, en el que por fin se empiezan a hablar de temas como violencia de género, brecha salarial de género, igualdad, feminismo o patriarcado. Algunas de estas palabras todavía escuecen, y aún generan un debate innecesario y ridículo. Hablar de cómo acabar con el machismo puede ser un debate, negarlo o minimizarlo a casos particulares no lo es. Al igual que estas palabras se han instalado en nuestra vida, también lo han hecho términos puramente reaccionarios, como feminazi o hembrismo.
Puede que peque de “cuñao” al hablar de un tema del que entiendo poco, y del que todavía estoy aprendiendo; pero tengo claro que los hombres debemos de tener el deber moral de ser feministas y de no mostrar ninguna duda en defender esta postura cuando nos pregunten. También tengo claro que ser un hombre feminista no supone ningún mérito y no merece ningún tipo de homenaje ni de agradecimiento; es algo que debería ser, de entrada, normal y un requisito básico. Ser feminista por lástima o porque “te importan las mujeres a las que quieres” no es, ni mucho menos, legítimo. Se respeta a la mujer como se respeta a cualquier otra persona, independientemente de su género o de cualquier otra condición, elegida o no.
Los términos reaccionarios anteriormente citados surgen de parte de personas verdaderamente machistas que se oponen a una igualdad real, pero son palabras y posturas que acaban calando en gente que en principio no lo es. Y todavía, muchos y muchas, ven al feminismo como algo hostil, incluso lejano, que basa su existencia en un supuesto odio al hombre. Hay mujeres que odian a los hombres, claro; pero hay que ser conscientes de que son casos aislados y que no suelen suponer un peligro para la vida del hombre. El machismo sin embrago se lleva más de 800 muertes solo en los últimos 10 años, y supera con creces a las víctimas del terrorismo en España ¿No se debería exigir la misma contundencia que cuándo se combate al terrorismo etarra o yihadista? El tema de las denuncias falsas supone una pequeñísima minoría frente al drama machista. Cosas como la custodia compartida o como debe proceder la ley, pueden estar sujetos a debate, pero desde luego nunca para distraer del verdadero y gravísimo problema contra las mujeres, que es lo que muchos intentan.
Este cambio de actitud y forma de pensar tiene que partir de nosotros mismos. Apenas conozco a chicas que no hayan sufrido una situación en la que algún hombre no la deja en paz o la hayan dejado en ridículo por su condición de mujer. ¿Cuántos de vosotros os habéis sentido intimidados en algún momento por alguna mujer? En un mundo asquerosamente hipersexualizado como el nuestro, todo vale para ligar. El mundo de la noche, con el alcohol como principal excusa, se desatan instintos primitivos y abusivos. En el que un no, significa un sí, y en el que ligar deja de ser una experiencia gratificante para convertirse en un trofeo de caza donde dejar clara tu posición de “macho alfa” (la cual depende de la, más que subjetiva, belleza de la chica). Para la mujer, puede llegar a significar algo todavía peor. Probablemente haya perdido más de una ocasión para la ligar por ser excesivamente claro o por no haber insistido más de la cuenta, pero estoy contento de no haberle hecho pasar un mal rato a ninguna chica en esas circunstancias. Romperé la magia, pero me ganaré su confianza, ella tendrá la mía y pasaremos un rato divertido y agradable desde el más absoluto respeto, que es de lo que se trata. La forma en la que gran parte de esta sociedad ama y tiene sus relaciones de pareja, es propio de mentes enfermas. Pero eso da para muchas palabras más y ya me he excedido con el tema de hoy.
 

Profesores vagos, alumnos delincuentes. Pryzbylewski en The Wire.

Tras un buen rato de repetición de máximas, mandar callar y diversas riñas, el profesor se sale del guion antes de marcharse, y cuenta a sus alumnos alguna curiosidad relacionada con el temario. Los alumnos callan y escuchan, se asombran y sonríen, acaban preguntando sobre lo que antes les había aburrido o incomodado. Suena el timbre y termina la clase.
Ser profesor está considerado en el imaginario popular como un trabajo fácil, con pocas horas y de poco esfuerzo. Todos nos hemos encontrado con un profesor que simplemente se limitaba a cumplir unas horas, a repetir unos enunciados masticados y sin ningún tipo de profundidad. No ayuda el hecho de que la carrera de magisterio sea tan simple y corta. Esos factores se alejan de lo que es un buen profesor.
Ser un buen profesor es algo que se me escapa. No me considero que sea, ni mucho menos, un auténtico profesor, estoy empezando y estoy aprendiendo. Casi aprendo más por lo que veo que no funciona que por lo que sí. Quiero dejar antes claro, que siempre he dicho que buscar un método general para solucionar los problemas (sean del ámbito que sean, menos el científico) me parece algo muy inmaduro, pero no intentar mejorar las cosas es algo simplemente nefasto. Por eso mismo, no creo que un método educativo sea el correcto o el adecuado, pero hay que ver los fallos que tienen los que estamos aplicando.
Me gustaba escuchar a José Luis Sampedro hablar de su método de docencia basado en el “amor y provocación”, entendiendo el primero cómo cariño hacia el alumnado para que se sienta en un ambiente seguro en el que poder abrirse, y provocación como fisuras en la corteza de lo establecido para que se lo cuestionen todo y generen pensamiento propio, crítico y racional. Es un método al que le veo menos fallos que al que se suele aplicar en la enseñanza media.
Volviendo al tema de lo “fácil” que es ser profesor, no puedo estar más en desacuerdo. Es un auténtico y constante enfrentamiento, contra todo lo demás y contra ti mismo. ¿Cómo cambiar la perspectiva y la forma de ver el mundo de los alumnos si yo mismo no tengo claro cuál debe de ser mi actitud ante el mundo? Al final es un simple apuntalamiento de madera para que el descontrol de un adolescente moderno no se desate. La presa, mal apuntalada, acaba rompiendo, generando un país en el que 1 de 4 chicos no termina ni los estudios obligatorios, en el que casi la mitad de los jóvenes repiten curso en la ESO, en el que hay un 50% de paro juvenil, en el que el nivel de patentes por habitante está por debajo de países como Rumanía, en el que los adultos no leen y en el que numerosas personas piden que se abandone a estos chavales, pues si van mal, es “porque son unos fracasado” (El partido político Ciudadanos sin ir más lejos, apuesta por dejar pasar a los repetidores para echarlos, cuanto antes, del sistema educativo, ya que estos suponen un coste excesivo).
Y ahora me pregunto, ¿cómo hago que un niño se interese por las matemáticas o la física? Al niño que llevan años diciéndole que estudie con amenazas o con recompensas. Al que comenta con sus compañeros que “estudiar es un rollo”. Al que ve como en la televisión los personajes que estudian o aprenden no son los que destacan. Al que ve cómo cambian librerías de siempre por un nuevo Zara. Y el que ve como estudiar no siempre tiene recompensas laborales (como demuestra el alto paro incluso entre universitarios). Un niño al que nunca le han dicho que saber cosas nuevas es un placer, que las personas nacen curiosas, y que siendo más cultos, es más fácil que no le engañen, que viva mejor, que sea más feliz y que colabore a que el mundo y la vida de los demás sea mejor. Entrar en un instituto a día de hoy es encontrarse con la decepción, la desesperanza y la indiferencia, y eso tiene que cambiar.
Puedes pasar muchas horas con ellos, intentando que aprendan un temario, que no siempre es el adecuado. Pero cuando ves leves destellos de curiosidad y de intención de adentrarse en lo desconocido, solo por esos muy escasos momentos, el esfuerzo merece la pena. Aunque yo sea solo un profesor de apoyo en un trabajo temporal, no me da la gana dejar de intentar removerles por dentro, para que esa persona curiosa, con ganas de aprender y de mejorar las cosas, salga.


jueves, 3 de septiembre de 2015

Psicología, replicabilidad y ciencia

 Hace apenas una semana se ha dado a conocer el artículo "Estimating the reproducibility of psychological science". Se trata del informe final de un ambicioso proyecto que ha llevado a cabo la réplica de un centenar de experimentos psicológicos que se habían publicado en tres de las más prestigiosas revistas de su campo en años pasados. La sorpresa y la polémica no han tardado en desatarse cuando se ha conocido que más del 60% de los experimentos "fracasaban", en el sentido de que no conseguían reproducir los resultados del experimento original. Siendo la reproducibilidad cacareada como una característica esencial del Método Científico, enseguida surgieron recelos y comentarios sobre la robustez y rigor de las investigaciones psicológicas. En efecto, ¿de qué vale un resultado experimental si no se puede volver a obtener por procedimientos análogos?

Un antecedente de este trabajo, que data de 2012, es " Replications in Psychology Research: 
How Often Do They Really Occur?", que ya adelanta la preocupación sobre la increíble falta de reproducibilidad de ciertos experimentos psicológicos. Como consecuencia, algunos psicólogos se han girado para mirar a sus primos mayores, las ciencias naturales, para entender cómo la replicabilidad juega un papel decisivo en el Método Científico y, por tanto, en la generación de un conocimiento que podamos llamar "científico".

Si bien la replicabilidad es una preocupación de peso en la práctica de la psicología experimental, pronto han salido al paso voces autoritarias y de prestigio que han calmado los ánimos y se han dado a (tratar de) explicar porque esto no representa ningún aspecto negativo sobre el estado de forma de la psicología.

Un pensamiento sugerido en el acto por estos resultados es que, si la reproducibilidad falla, es porque de hecho los resultados a reproducir no eran muy sólidos. En otras palabras: hay cantidad de resultados por ahí publicados que son, sin eufemismos, falsos. Es interesante un trabajo de John Ioannidis de hace ya diez años que lleva el nada tímido título de "Why most published research findings are false" (desde el punto de vista de alguien dedicado a la física o a la química, este enunciado puede ser absurdo; pero Ioannidis se dedica a temas de salud más próximos a las Ciencias Sociales).



El propio Ioannidis, sin embargo, da una nota optimista a este nuevo proyecto de replicabilidad a gran escala al comentar que espera que estos resultados sirvan para impulsar la cultura de la replicación en psicología. Él parece consciente de que la no replicabilidad es un problema grave y aspira, por consiguiente, a que la situación cambie.

Enfrentados a esta situación, caben varias preguntas: ¿Es dicha situación realmente un problema para la psicología, o no? ¿Tal problema es intrínseco a la práctica de la psicología, o se puede remediar?  ¿Por qué la psicología ha adquirido estos defectos? ¿Qué se puede hacer para que la psicología sea una "mejor ciencia"?  Por supuesto, si no se responde afirmativamente a la primera pregunta, las demás carecen de sentido.

Mi visión sobre el asunto es que sí hay una crisis en la psicología. Más concretamente, hay una crisis en su metodología, que presenta una profunda disfuncionalidad que me fuerza a no poder llamar ciencia a la psicología (a la psicología como disciplina, en conjunto; por supuesto, dentro de la psicología hay trabajos científicos).  Para entender el porqué de esta postura, hay que entender en qué consiste el Método Científico y en qué consiste la actividad científica. De manera esquemática, el Método Científico consiste en lo siguiente: 
1º Se plantea un problema, derivado de ciertas observaciones, experimentos o conflictos entre modelos anteriores,
 2º Se crean ciertas hipótesis que, en el marco del paradigma coetáneo, resuelven el problema en cuestión, 
3º Se derivan predicciones contrastables de las hipótesis formuladas
4º Descartamos aquellas hipótesis cuyas predicciones fracasan. Si una hipótesis sobrevive a muchas pruebas y es una buena herramienta explicativa y predictiva, acabamos incorporando esa hipótesis a nuestro paradigma (aunque siempre sujeta a revisión)

La primera crítica que un científico social puede hacer a este esquema es que no cuadra con las metodologías típicamente usadas para experimentos sociales, psicológicos o médicos. Sin embargo, esencialmente debería seguirse la misma lógica, a pesar de que la ausencia de un espíritu falsacionista pueda hacer que la prensa transmita la sensación de que los científicos se dedican a "corroborar hipótesis" y darlas así por sentado. La predictibilidad, en este caso, debería consistir en la apuesta por la regularidad: regularidad con respecto a lo observado en pruebas anteriores.

Otro aspecto esencial del Método, en realidad implícito en lo ya dicho, es la replicabilidad. No replicar unos resultados anteriores quiere decir que o bien falla la posibilidad de testar una hipótesis o bien la hipótesis está siendo refutada. En cualquier caso, no estamos procediendo de manera científica. Una tercera posibilidad es, por supuesto, que no estemos concediendo un rol crucial a las hipótesis, sino que simplemente hacemos informes relatando las observaciones asociadas a cierta experiencia. Sin embargo, este tercer caso lo que indicaría es que no se desea siquiera tratar de reproducir el experimento y sus resultados, en cuyo caso la hipótesis lógica sería la apuesta por la regularidad y la reproducción positiva de los resultados. Si éste es el caso, entonces, en mi opinión, estamos tan alejados de la ciencia como un libro de Jiménez del Oso.

Por todo lo anterior, tengo que concluir que la psicología, en conjunto, no es una actividad completamente científica, si bien se encuentran en ella estudios muy valiosos e interesantes. No obstante, no sería muy difícil "cientificar" ciertas prácticas psicológicas que se llevan a cabo de forma deplorable. En este punto, no puedo sino acordarme de la "Cargo Cult Science", un brillantísimo escrito de Richard Feynmann en que son nos cuenta cómo un científico diseñó una cuidadosa serie de experimentos sobre psicología conductista con ratas y cómo se le ignoró totalmente en su campo porque no había descubierto nada sobre las ratas. Básicamente, como dice Feynmann, "había descubierto todas las cosas que se deben hacer para poder descubrir algo". La crítica de Feynmann a las ciencias sociales, de una lucidez y una sencillez espectaculares, sigue poderosamente vigente, y ciertamente la lectura de sus pensamientos fácilmente puede recordar al pretendido espíritu científico de ciertas actividades. Feynmann pone de manifiesto la cantidad de errores, suposiciones negligentes y procederes sesgados que inundan un sencillo experimento con ratas. Su mentalidad aguda de científico puro estaba entrenada para captar rápidamente fallas en un mecanismo supuestamente destinado a generar conocimiento. Sin duda, se puede aprender mucho de la lectura de sus ideas sobre los errores de los procederes habituales de distintas ciencias sociales.

Dicho esto, querría aclarar que no estoy criticando a la psicología por no ser una ciencia. Hay muchas cosas maravillosas en la vida que no son ciencia. La pintura no es ciencia, ni lo es el deporte, y no por ello las sitúo en alguna suerte de escalón moral inferior ¿Cuál es mi problema entonces con la psicología?  Mi problema es, en breve, que tantos psicólogos tengan la pretensión de que su trabajo sea científico cuando lo que hacen es, de hecho, muy poco científico.
"El sueño de la razón produce monstruos", nos dice un cuadro de Goya. Pues bien, mucho peor es mandar a dormir a la razón mientras se cree que se está actuando de la manera más racional. En esta situación, el Cthulhu de los ensayos puede surgir. Metáforas aparte, el creer que se tiene un resultado científico cuando el proceder no ha seguido el Método correspondiente es un caldo de cultivo para dogmas, malentendidos y falsedades que no hacen más que dañar los intentos reales por generar conocimiento.


Me gustaría señalar que tampoco estoy abocando aquí mi deseo de que toda la actividad psicológica se convierta en una empresa científica. Hay aspectos de la psicología que son pretendidamente no científicos, y eso es bueno.  De hecho, los primeros psicólogos fueron siempre filósofos, y en ese sentido la psicología tiene un componente de filosofía enriquecedor al que no hay que renunciar. De manera similar, yo acostumbro a decir, medio serio y medio en broma, que Dostoievski hizo uno de los trabajos más finos de la historia en psicología al crear a Raskolnikoff. Evidentemente no creo que "Crimen y Castigo" sea algo científico, pero no me parece disparatado decir que se trata de una obra con importantes toques de piscología. En otra línea, hay subdisciplinas de la psicología, como el psicoanálisis, que pueden ser muy interesantes mientras no les entre la compulsión febril de convertirse en una ciencia. Si el psicoanálisis está asociado en la cultura popular al "complejo de pene", para mí estará asociado por siempre al "complejo de ciencia", pues no hay disciplina que se haya degradado tanto por obsesionarse con convertirse en algo que no es.

Insisto en esto porque creo fundamental dejar claro que no considero como algo negativo ni que algo no sea ciencia, ni que la psicología tenga partes no científicas. Pero considero algo profundamente perjudicial que se tenga la pretensión de hacer ciencia sin conocer a fondo el Método requerido para realmente generar un conocimiento fiable sobre algo. Éste es, por supuesto, el caso de los experimentos que fracasan a la hora de ser replicados. No porque sus resultados no se repliquen, no; sino porque el espíritu de sus autores es que esas replicaciones no son un punto fundamental de sus investigaciones. Si así es, ¿cómo podemos aspirar a que esos estudios nos revelen alguna información no trivial? Si la reproducibilidad es superflua, no existe lugar para ninguna clase de hipótesis o "apuestas". Si no hay hipótesis, no hay predictibilidad ni falsacionismo, lo que es como decir que no hay un procedimiento fiable para generar y contrastar conocimiento. El hecho de que se justifique esta no-replicabilidad y se mantenga la naturaleza científica de los estudios en cuestión, huele al tufo de justificaciones ah hoc propio de una religión como el cristianismo (y, me gustaría añadir aquí, también del marxismo, ¡pero por favor, no quiero entrar en esa discusión!).

Para contribuir al espíritu científico de este tipo de trabajos, considero crucial sustituir de manera crucial las inferencias verbosas por un tratamiento estadístico de los datos completamente profesional y minucioso. Creo que el hacer de la psicología una ciencia plena (mejor dicho, de aquellas subdisciplinas de la psicología que aspiren a ello) pasa por profesionalizar el uso de la estadística entre los estudiantes de psicología. Por supuesto, uno encuentra a menudo cantidad de estudios de psicología completamente profesionales en este sentido. Sin embargo, lo contrario también abunda, y me indigna ver como los programas universitarios de psicología en España (no sé, por ahora, de otros países, aunque podría hacer suposiciones) muestran una deplorable carencia de estadística para una ciencia experimental que trata de convertirse en una actividad genuinamente científica. Sé perfectamente lo que me dirían muchos estudiantes de psicología: que han estudiado suficiente estadística y análisis de datos, y que no falta de eso en la carrera. Lamentablemente, se trata de algo completamente falso. Tanto desde el punto de vista de la estadística matemática como de los recursos informáticos, la formación que reciben los estudiantes es muy pobre en comparación con el nivel de rigor y formalidad que exige un estudio donde haya que sacar conclusiones valiosas de muestras poblacionales enormes. Sé de programas de Másters y Doctorado en psicología donde los alumnos aprender las técnicas necesarias, pero lo cierto es que la mayoría nunca aprende las nociones y habilidades prácticas de estadística para conducir un estudio de manera rigurosa.  

El estudio de la estadística, hasta el punto de tener una comprensión profunda de los conceptos matemáticos involucrados, es de todo punto necesario para poder llamar ciencia a un estudio experimental.
Quiero insistir en esto porque me parece que podemos responder con gran optimismo a la segunda pregunta que planteé: ¿Tal problema es intrínseco a la práctica de la psicología, o se puede remediar? Creo, en efecto, que el problema del que hablábamos se puede remedir, y que sólo es una cuestión de voluntad por parte de los investigadores, que quizá vengan, típicamente, de un mundo más "social" donde el rigor estadístico y metodológico no se concibe de la misma manera. 

Aunque no basta sólo con la profesionalización del uso de la estadística entre los psicólogos, creo que este es el primer punto a tratar para que aquellos trabajos con pretensión de ser ciencia se conviertan realmente en ciencia. Por lo demás, sería sano dejarse influir por el análisis aséptico y libre de inferencias que uno esperaría en un experimento conductista o puramente biológico. 

Creo firmemente que, además, esta "cientificación" de la psicología tendrá, a la larga, otro efecto muy notable sobre ciertos debates concernientes a la Filosofía de la Ciencia, pues, en mi opinión, la perversión de las metodologías, al conducir a una imagen fallida de la naturaleza del conocimiento científico y de cómo éste se genera, es uno de los orígenes de ciertas visiones erradas sobre la ciencia, como el constructivismo (en su versión más fuerte) o el anarquismo de Feyerabend. El hecho de que los defensores de las mencionadas doctrinas típicamente desconozcan los entresijos del funcionamiento de las ciencias naturales no hace sino que me reafirme en esta opinión.

Como se ha advertido ya, introducir "la cultura de la replicabilidad", en palabras de Ioannidis, es fundamental para la maduración de la psicología. Pero me gustaría desglosar un poco más en qué consiste esta replicabilidad, distinguiendo, de hecho, dos etapas distintas. Pensemos que el experimentador X ha reunido una serie de datos -una población- y, siguiendo cierta metodología (que, idealmente, debería querer decir no más que un cierto tratamiento estadístico de los datos), llega a ciertas conclusiones C. Ahora imaginemos que le proporcionamos los mismos datos experimentales al experimentador B. Es de esperar que B, analizando los datos por su cuenta, llegue a unas conclusiones muy parecidas a C. Este proceso es lo que yo llamo (desconozco si alguien ha nombrado ya esto, en cuyo caso me disuclparía) replicación isomuestral, por razones obvias. Después de una serie (¡necesaria!) de replicaciones isomuestrales se debe llegar a cierta "clase de equivalencia" de conclusiones (perdón por la broma matemática). En palabras más simples: después de que muchas personas, independientemente, analicen los datos experimentales, tiene que se4r posible llegar a cierta conclusión. Esto es así en astronomía, en genética, y no veo razón por qué debiera ser distinto en un análisis de datos en psicología. Después viene la parte más difícil, donde realmente se pone a prueba la validez de una hipótesis científica y no sólo el sentido común del investigador de turno. Se tiene que poder ser capaz de replicar las mismas conclusiones C partiendo de otra población inicial aleatoriamente escogida. Si esto no se consigue, se hará necesario un examen estadístico que discierna las diferencias entre los métodos de selección aleatoria usados en cada caso, o bien poner en cuestión las conclusiones C y buscar algo nuevo. La replicabilidad puede fallar y aún así no querer decir que estamos ante un mal trabajo. Podría ser que no hubiésemos conseguido reproducir ciertas características poblacionales en la replicación del experimento. Pero es absolutamente esencial conseguir una nueva réplica que si nos dé seguridad de contar con características poblacionales análogas. En caso de que eso no sea posible, quiere decir que el trabajo en cuestión es intrínsecamente no científico porque se desconocen variables que permitan interpretar de una manera significativa los resultados. 

Dicho todo esto, me gustaría concluir comentando brevemente sobre un artículo que ha aparecido hace dos días, y que es el que me ha animado a escribir este pequeño texto. Se trata de "Psychology is not in crisis" que escribe Lisa Felman Barret, profesora de psicología en la Northeastern University. La profesora Barret claramente estaría en contra de la gran cantidad de opiniones vertidas en este texto mío, y es por ello que me gustaría contestar a algunos de sus puntos.

En primer lugar, Barret comenta en el segundo párrafo que "But the failure to replicate is not a cause for alarm; in fact, it is a normal part of how science works." [El fracaso al replicar no es motivo de alarma; de hecho, es una parte más de cómo funciona la ciencia]. 

Lo cierto es que me parece muy grave que una profesora universitaria de psicología tenga esta opinión sobre el funcionamiento del Método Científico. Como ya he comentado, la replicabilidad es absolutamente esencial. Si se prefiere, se podría decir que la replicabilidad es una característica definitoria de los procesos de generación de conocimiento científico. Aparte de lo ya he expuesto, una buena recopilación de testimonios sobre lo crucial que resulta la replicabilidad en ciencia se puede encontrar en el artículo "Physics envy: Do 'hard' sciences hold the solution to the replication crisis in psychology?", que ya fué citado antes.

En otro párrafo, Barret comenta: "If the studies were well designed and executed, it is more likely that the phenomenon from Study A is true only under certain conditions. The scientist’s job now is to figure out what those conditions are, in order to form new and better hypotheses to test."[ Si los estudios estuvieran bien diseñados y bien llevados a cabo, es más probable que el fenómeno del estudio A sea cierto sólo bajo ciertas condiciones. La labor del científico es determinar qué condiciones son ésas, para así formar nuevas y mejores hipótesis que poner a prueba]

Esto es casi correcto.  Claro que hay investigar esas condiciones y formar nuevas hipótesis (esto ya lo he dicho antes), pero el fallo al replicar es un fracaso en sí y, para solucionarlo, habrá que hacer nuevas replicaciones que pongan a prueba las hipótesis que comenta Barret. La replicación sigue siendo esencial y hay que seguir hasta que tengamos éxito en la replicación.

Lo último que voy a comentar es el argumento, pretendidamente robusto y definitivo, de que "Similarly, when physicists discovered that subatomic particles didn’t obey Newton’s laws of motion, they didn’t cry out that Newton’s laws had “failed to replicate.” Instead, they realized that Newton’s laws were valid only in certain contexts, rather than being universal, and thus the science of quantum mechanics was born." [Análogamente, cuando los físicos descubrieron que las partículas subatómicas no obedecían las leyes de Newton, no se limitaron a gritar que las leyes de Newton habían "fracasado a replicar". Lo que hicieron es advertir que las leyes de Newton son válidad sólo en ciertos contextos, en vez de ser universales, y así la ciencia de la mecánica cuańtica]


Este malentendido es particularmente molesto para alguien que venga del mundo de las ciencias "duras". Para empezar, esta fuera de toda discusión que la naturaleza de la investigación en física y en psicología es totalmente distinta. El estatus de las "verdades" en cada una de estas disciplinas es también muy distinto, como cualquiera puede reconocer. Es por ello que la comparación con la física es muy desafortunada. Entrando en detalles, tengo que decir que es atronadoramente injusto decir que las leyes de Newton "fracasaron al replicar". Las leyes de Newton se corroboraron en experimentos exitosamente replicados durante siglos antes de que, en situaciones donde se percibían muy claramente el cambio de contexto (altas velocidades o dimensiones microscópicas), fracasaran. Además, hay que entender en qué consiste este fracaso. Las leyes de Newton se siguen usando todos los días, hasta de que los cohetes humanos llegan a la luna gracias a ellas. Así que las leyes de Newton se siguen "replicando" exitosamente todos los días. Nada parecido pasa con los ensayos en psicología que no logran replicar con éxito ni una sola vez, lo cual es un asunto muy distinto.


Como conclusión, creo que este momento de crisis puede ser muy enriquecedor para la psicología, y que es el momento de que los experimentadores, en conjunto, maduren sus metodologías y aprendan un poco de las ciencias viejas. Similarmente, insisto en lo crucial de mejorar enormemente la enseñanza de la estadística y el análisis de datos en aquellos que van a llevar a cabo investigaciones sociales. 

Si todo va bien, confío en que la psicología, manteniendo su personalidad y la gran cantidad de aspectos no científicos igualmente enriquecedores que tiene, pueda terminar de madurar en su faceta como ciencia y depararnos un futuro de resultados muy interesantes y, finalmente, científicos.

domingo, 5 de julio de 2015

La teoría correspondentista (o de correspondencia) de la Verdad

  En una entrada anterior mencionamos la llamada "Teoría correspondentista de la Verdad", sin explicar con detalle a que nos referíamos. La intención de esta entrada es aclarar muy brevemente en qué consiste.

La idea básica es que la "Verdad" es una propiedad relacional que es potencialmente atribuible a sentencias o pensamientos.  Decimos que es una propiedad relacional porque un enunciado es verdad o no en términos de la "relación" que guarde con el mundo extramental.

Esta forma tan intuitiva de entender qué es la verdad fue bosquejada ya por los filósofos de la antigua Grecia, aunque quizá el que mejor la expuso fué Bertrand Russel, ya a comienzos del siglo XX.

Si bien es una idea muy simple, encierra una gran complejidad semántica, lo que hace que no esté del todo bien definida. Sin embargo, para todos aquellos que son "realistas", en el sentido de que creen en la existencia de un mundo externo a la mente, es muy intuitivo pensar que, en efecto, el hecho de que una sentencia se verdad o no depende de la relación que guarda con una cierta porción de la realidad. Por lo tanto, la noción de verdad debe definirse, como ya se ha dicho, como una propiedad relacional.

Incluso para un realista, la noción de "verdad" como propiedad relacional puede presentar problemas si considera que el escéptico tiene razón al afirmar que no podemos tener conocimiento sobre el mundo. Quizá esté tipo de respuesta esté motivada por la noción correspondentista más ingenua que establece que, por definición, un enunciado es verdadero si existe un "isomorfismo estructural" entre él y dicha disposición de hechos de la realidad. Podemos llegar a pensar que dicho isomorfismo tiene sentido para sentencias muy simples, como "El martes en en mi casa hubo obras", pero es innegable que dicho isomorfismo no puede existir cuando con una sentencia estamos en realidad realizando un modelo de una cierta disposición de hechos mucho más compleja de lo que el lenguaje pueda llegar a expresar.

No obstante, se puede conciliar la crítica escéptica con la tesis correspondentista si debilitamos la noción de cómo debe ser la relación entre enunciado y realidad. Quizá el gran problema de la Teoría Correspondentista sea precisamente aclarar la naturaleza de esta relación, que puede parecer algo oscuro y misteriosa.

Mi visión propia es que dicha relación hay que entenderla bajo la luz del instrumentalismo; es decir, en términos de la capacidad de un enunciado de hacer predicciones exitosas o incluso modificar la realidad.

No tiene mucho sentido que de mayores explicaciones, pues ya hay excelentes escritos básicos explicando en qué consiste en mayor detalle la Teoría Correspondentista. Podéis leer más en esta estupenda página:

http://plato.stanford.edu/entries/truth-correspondence/#2


jueves, 2 de julio de 2015

Breve reflexión sobre el realismo y el antirrealismo en las ciencias naturales

 El adjetivo "real" puede ser polémico, complicado, creador de múltiples controversias. Decidir qué es "real", qué es eso que llamamos realidad, y mediante qué métodos lo decidimos, es una cavilación quizá inútil, pero que ha ocupado de tanto en tanto a la humanidad a lo largo de toda la historia. Tanto la definición del término, como la discusión de qué es real o qué no o cómo podemos saberlo, parece ser algo que quizá nunca llegue a un punto final.

La ciencia, en todas sus versiones y diversidad de disciplinas, es el intento (o intentos) racional de saber cada vez más sobre eso que llamamos realidad: nosotros y el mundo que nos rodea. Para ello, lo más básico es registrar lo que observamos y sentimos, pero por supuesto la ciencia va mucho más allá de ello, y potencia nuestros sentidos con tecnología, o articula leyes y teorías, etc.
Es una pregunta simplemente tan natural (como quizá innecesaria) el si (o hasta qué punto) las teorías científicas que se desarrollan son reales, o si "representan" la realidad en algún sentido, o si las entidades que aparecen ellas son reales, etc.

Ante esta pregunta tan elemental, hay básicamente dos posturas posibles (que luego pueden hibridarse y combinarse de multitud de formas): El realismo y el antirrealismo. Antes de discutirlo, tengo que advertir que aquí estoy pensando en el realismo y el antirrealismo aplicados exclusivamente a las ciencias naturales y experimentales, como la física, química, bioquímica,...

El realismo, en breve, consiste en afirmar que, en efecto, los eventos y entidades descritos por las leyes científicas son reales; están ahí fuera. Las teorías pueden ser falsas, pero también pueden ser verdaderas, y, en ese sentido, los procesos de replicación del DNA o la fusión de dos núcleos atómicos en el Sol son eventos tan reales como cualquier cosa que experimentemos en la vida cotidiana. Un realista no totalmente ingenuo entiende de inmediato que cuando un físico explica la difracción de electrones tratando a éstos como ondas no está usando un modelo completamente "realista", sino simplemente uno que funciona muy bien para el caso. Pero puede creer que, integrando distintos modelos, está efectivamente describiendo propiedades de algo que sin duda existe: el electrón. Más aún, la idea del electrón como onda puede no ser toda la realidad, pero la descripción del fenómeno de difracción es la descripción de algo real. Tan real, de nuevo, como beber un vaso de agua o ponerse un calcetín.

El antirrealismo viene a decir lo contrario. Una teoría no es "verdad", por muy exitosa que sea. Es más, las entidades teóricas que aparecen en ella, como los electrones, no tienen porqué existir. Son ficciones intelectuales útiles y los distintos modelos que hablan de ellos "herramientas del pensamiento". Merece la pena discutir un poco porque no se trata de algo ridículo (como intuitivamente podría parecer a la mayoría de los que tienen formación científica): Un antirrealista podría considerar que el término "electrón" es una suerte de astuto eufemismo que oculta tras de sí un entramado complejísimo de fenómenos y hechos que nuestro sistema cognitivo no puede (no ha evolucionado para ello) procesar y comprender de una manera satisfactoria. El electrón, pues, no existe. El electrón es una ficción porque tal concepto no corresponde a una entidad "real" concreta y externa a nosotros. Desde este punto de vista, personalmente creo que el antirrealismo (con respecto a los "sujetos" de las teorías) está estrechamente ligado a la incapacidad del lenguaje de encapsular aquellos elementos de la realidad que, por no tener una influencia y relación directa con nuestros sentidos, no hemos aprehendido hasta hacerlos intuitivos. Pero esto es sólo un punto de vista personal y no quiero arriesgarme desarrollándolo más.

El antirrealista puede encontrar una fuente de ejemplos aparentemente alentadores en la historia de la ciencia. Por poner un ejemplo de algo que aún se sigue enseñando en los institutos, la mayoría de los escolares terminan el bachillerato pensando que el electrón es una especie de pelotita azul que orbita alrededor del núcleo. Por mucho que Rutherford ganara el Nobel, o por muchas alegrías que proporcionara el ahora primitivo modelo de Bohr. está claro que estas teorías son "irreales" (y se trata de teorías que tienen mucho peso en la imagen popular de la estructura atómica).

Uno de los mejores argumentos a favor del realismo de entidades concretas (como el electrón) lo aprendí del libro "Representar e intervenir", de Ian Hacking (del que quiero hablar más). Se basa en el principio de causalidad, y lo que dice, básicamente, es que un sujeto de una teoría (una entidad teórica, dice él) pasa a ser real en el momento en que podemos identificarla como agente causal de un cierto fenómeno. Él cita un experimento en que unos físicos "rocía con positrones para aumentar la carga o con electrones para disminuir la carga" Y añade Hacking "Hasta donde a mí me concierne, si se puede rociar algo con ellos, entonces son reales".  Basándose en la identificación como agentes causales, un realista conciliador podría contestar a un antirrealista: Vale, quizá cada modelo particular que usamos del electrón no es la "verdad". Quizá incluso no haya ninguna teoría plenamente "real" acerca de ellos. Pero cuando yo le doy al interruptor, la luz se enciende. Quizá no entendamos plenamente que son, pero desde luego hay unos agentes causales responsables de esto. ¿No podemos convenir en llamarles electrones y dedicarnos luego a investigar sus propiedades?


Esta idea de identificar sujetos de teorías como agentes causales me parece importantísima en cuanto a que es un síntoma de algo más general y muy positivo: La voluntad de que la ciencia real y los experimentos jueguen un papel relevante en el debate filosófico.

Al científico entusiasmado con el realismo o meramente despreciativo con el antirrealismo se le pueden poner otros problemas: ¿Son reales las líneas de fuerza? ¿Son reales los campos? ¿Es real la energía?  Quizá algo como los bosones puedan solventar las dudas conceptuales sobre el rango epistémico de estas entidades. Pero si pensamos en una ciencia más antigua, la de hace unos cien años, y pensamos qué habríamos sido entonces, creo que tendríamos que haber sido antirrealistas con respecto a gran parte de la electrodinámica o la mecánica clásica. Y de hecho, ¡debemos seguir siéndolo! Estas teorías magníficamente elegantes y poderosísimas tienen tanto experimentos que las contradicen como eventualidades matemáticas indeseables. En efecto, la noción global hoy día es que estás teorías se aproximan mucho a la realidad en muchos rangos de la experiencia, dado su evidente éxito para predecir, lo cual queda probado de sobra por la ingeniería y la tecnología, que se basa en ellas. Pero esto no quier decir que esas teorías sean "la realidad". Sabemos que la velocidad de transmisión de la gravedad no es infinita, como en la teoría de Newton, por decir algo. Si esto pasa con estas teorías clásicas -y pasa con muchas otras- ¿por qué no va a pasar también con todas las que hoy en día aún no se han "mejorado"?-  No tenemos porqué decir que la Relatividad General es "la realidad". Funciona muy bien para hacer predicciones, y ciertamente nos ayuda a conseguir una imagen de realidades muy concretas y materiales. Nos ayuda a tener una imagen más próxima a la realidad. Pero la creencia de que el Universo es exactamente así no es sólo infundada sino demostrablemente falsa.

Esto es importante porque apunta a que las posturas inicialmente aparentemente irreconciliables del realismo y el antirrealismo quizá puedan encontrarse en algún punto. Quizá el antirrealismo sea muy razonable cuando hablamos de teorías y el racionalismo sean lo lógico al hablar de entidades concretas y materiales.

Ian Hacking en su libro hace esta distinción: "realismo con respecto a las teorías y realismo con respecto a las entidades", lo cual me parece esencial para que pueda establecerse un debate significativo.

El problema es que el antirrealismo "razonable" que he mencionado no merece ese nombre pintoresco, en mi opinión. El antirrealismo que lo que dice es que las teorías se aproximan a la realidad, y que son construcciones intelectuales útiles para hacer predicciones, etc, pero que en ningún caso nos dan una imagen completa de cómo funciona el mundo, sino si acaso una idea aproximada -o que al menos nos dice cómo definitivamente NO funciona-, es lo que viene a llamarse instrumentalismo. Lo que pasa es que la visión instrumentalista de las teorías científicas, así dicho, me parece una cuestión de perogrullo tal que decir que es una forma de antirrealismo me parece muy pretencioso. Dentro del instrumentalismo puede haber mucho debate y muchos matices. Pero, en mi opinión, cuando de lo que estamos hablando es de qué son y cómo son las teorías científicas (y como se "relacionan", en un sentido correspondentista, con la realidad), fuera del instrumentalismo sólo están o el realismo ingenuo o el antirracionalismo estéril de alguien como Feyerabend  o un constructivista.

En cuanto a los sujetos de las teorías, quizá un gran problema de los antirrealistas -y aquí me tiro a la piscina de nuevo y doy una visión muy personal- es que han tendido a pensar en ellos casi como si de ideas platónicas se tratasen. Un antirrealista, al oir "electrón", quizá piense en ello en términos de un gran concepto muy grandiosamente definido y muy concreto. Quizá piense que el científico tiene un afán muy analítico, idealista o definitorio al decir "electrón". Pero para el científico el electrón tal vez sea sólo un agente causal, del que le interesa sacar algún provecho o intervenir la realidad con él de alguna forma.

Es fundamental, de todas formas, entender que el debate sobre el realismo de los sujetos de las teorías sólo tiene sentido (o al menos, interés, desde mi punto de mi vista) si se realiza de manera concreta, aprendiendo en cada caso qué nos dice la experiencia y los experimentos. Decir algo como "soy realista con respecto a las entidades teóricas" es, como diría Cioran, como una religión, sólo que más bobo. Uno puede decidir, después de un examen de los experimentos y hechos relevantes, que es realista con respecto al electrón, o qué sé yo qué otra cosa. Cosas concretas. Pero yo si pudiera transmitir un mensaje a la comunidad filosófica sería éste: no caigáis en los "generalismos". No os pongáis etiquetas. Discutid sobre temas concretos.